Encanto
Luis Roldán
Septiembre, 2019

El hábito con el que habito

A escasos metros de este espacio en el que se presentan los trabajos de Luis Roldán se encuentra su estudio y —no muchos lo saben— su hogar infrecuente. Este hecho, que parece irrelevante, habla de los ires y venires de un artista que desde hace ya años no habita el país en el que vive. Y las temporadas en las que viene a ver a su familia y amigos, a arreglarse una muela, o a concentrarse en su producción creativa, son el momento para sentir por unos meses lo que es estar acá.
Roldán llegó al barrio La Macarena hace 28 años. Los árboles que sembró en su cuadra son testigos del cariño que le puso a su entorno y de cómo —lentamente— convirtió esa casucha sin piso en un espacio confortable de alojamiento y creación para los lapsos que está en la ciudad. Roldán tiene un interés impaciente por renovar los espacios que habita (no hace falta recordar su formación inicial de arquitecto). De hecho, su residencia en Harlem (Nueva York) desde el 1998 guarda ciertas similitudes con el espacio de La Macarena.

Encanto
Luis Roldán
Septiembre, 2019

El hábito con el que habito

A escasos metros de este espacio en el que se presentan los trabajos de Luis Roldán se encuentra su estudio y —no muchos lo saben— su hogar infrecuente. Este hecho, que parece irrelevante, habla de los ires y venires de un artista que desde hace ya años no habita el país en el que vive. Y las temporadas en las que viene a ver a su familia y amigos, a arreglarse una muela, o a concentrarse en su producción creativa, son el momento para sentir por unos meses lo que es estar acá.

Roldán llegó al barrio La Macarena hace 28 años. Los árboles que sembró en su cuadra son testigos del cariño que le puso a su entorno y de cómo —lentamente— convirtió esa casucha sin piso en un espacio confortable de alojamiento y creación para los lapsos que está en la ciudad. Roldán tiene un interés impaciente por renovar los espacios que habita (no hace falta recordar su formación inicial de arquitecto). De hecho, su residencia en Harlem (Nueva York) desde el 1998 guarda ciertas similitudes con el espacio de La Macarena.

Con la mirada de quien no se asusta por el decaimiento, Luis, y su pareja María Clara, se hicieron a un apartamento ruinoso que él renovó por su cuenta. Cuando llegaron, el vecindario no era lo que es ahora. Las rentas se han incrementado desde entonces, y ese cambio ha propiciado otra transformación. Se fue una buena parte de los residentes originarios y llegó otra gente con nuevas necesidades, aspiraciones y condiciones sociales, a habitar (construir) un nuevo barrio.

En su análisis etimológico de la palabra “construir” (bauen en alemán), Martin Heidegger encuentra que el término se relaciona con las ideas de morar (de ser en el mundo), de permanecer en un lugar y de cuidar, preservar y proteger (como se hace con un cultivo), lo cual no implica necesariamente edificar algo.
Son tres valencias de una locución con las que Heidegger nos lleva a pensar que no habitamos un lugar porque lo hayamos construido, sino que construimos en tanto hemos morado, es decir, relacionándonos de modo singular con los lugares donde permanecemos, e incluso porque logramos estar en paz, sin afectar a las personas con quienes cohabitamos.

Según lo plantea Heidegger, un lugar no se hace por sí mismo, sino que es la consecuencia de la marcación que deja una cosa (un puente, un pórtico, un obelisco). Y es esta marcación en el lugar, lo que para él genera un espacio: un área demarcada por unos límites (correspondencias entre cercanía y lejanía) que hacen que un área cualquiera devenga en lugar. La relación que tenemos con el lugar está determinada por las relaciones simbólicas y afectivas que establecemos en su espacio, y las construcciones que pueden o no servir para morar (aunque sí para habitar) son el resultado del tipo de uso que le damos a un lugar.

Hay tres grupos de obras que componen esta exposición. Y todas se relacionan con el acto de construir y habitar. Lo singular de cada una de estas obras está en la relación que establece Roldán con ellas. This Week es una serie de intervenciones sobre imágenes publicadas en una sección de finca raíz del New York Times. Roldán las coleccionó desde el 2004 por algo más de diez años: casas de dos o tres plantas ubicadas en todo el territorio estadounidense. Cubrió cada imagen con plumón negro reservando con cuidado las áreas que le atraían de las casas: techos, paredes, un portón, una inquietante relación de elementos flotantes en el espacio que recuerdan, conceptualmente, aquella acuarela de Paul Klee, de 1929, titulada Objetos sin componer en el espacio: una “composición” en la que un conjunto de figuras paralelepípedas parecen ser absorbidas por un rectángulo negro ubicado en la parte central superior —quizás una referencia al espacio euclidiano y las reglas de la perspectiva lineal que terminan por tragarse todo en un efecto centrípeto que impide formas alternas de interpretar el espacio. Klee apostó por otros modos de representación—.
En conjunto, This Week forma una suerte de juego de arquitectura para armar. Según Roldán, empezó a producir estos rellenos como una forma de sublimar su deseo por adquirir una vivienda en Estados Unidos. A medida que sumaba la cantidad de imágenes intervenidas, decidió conectarlas con un hilo que sugiere un recorrido geográfico imaginario de las casas que nunca podría comprar. Resulta inquietante que estos hilos no estén tensados, como sucede con un diagrama, sino que, más bien sueltos, forman parábolas aleatorias.

También hay un grupo de dibujos a lápiz, Canto (2019), que comenzó a partir de This Week, y es más abstracto aún. Los dibujos recogen lo que ya había configurado con sus máscaras de tinta negra, pero al revés: lo que antes se revelaba como perfiles de tono claro, ahora son figuras oscuras que sugieren los espacios vacíos de una arquitectura que no se distingue. Los sutiles índices espaciales que surgen por los contornos de estas figuras son como las siluetas que ayudan a organizar las herramientas en un tablero, pero con la diferencia de que aquí no hay herramientas ni tablero. Son formas arbitrarias que nos inducen a pensar espacialmente sobre dónde encajan.

Por último, hay una pieza de suelo hecha en barro sin cocer, Encanto (2019), que parte de un croquis de El Castillete —donde se instaló Armando Reverón en Macuto—, hecho por el arquitecto y diseñador italiano Gio Ponti, y publicado en un artículo sobre el pintor venezolano, para la revista Domus de julio de 1954, acompañado de fotos de Graziano Gasparini. Esta pieza recoge los intereses de Roldán por el acto de habitar, delimitar y construir. Actos que no obedecen a lógicas estrictas de la disciplina arquitectónica, sino más bien a pulsiones que lo llevan a sembrar árboles en una cuadra, a construir su estudio en distintas etapas y según las necesidades de cada momento, a recortar imágenes de casas para luego rellenarlas, o a reproducir el plano de un lugar que no conoce. El encanto está en esa arquitectura de papel que abstrae bidimensionalmente una realidad mitificada que ya no existe.


Nicolás Consuegra
Septiembre de 2019

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