Temporal
Juan Mejía
Octubre - Noviembre, 2021

Construcciones aún por titular

Pensando en escribir este textico sobre los cambuches de Juan me acordé de un profesor de la Universidad Nacional, en los 90, cuando yo estudiaba allá. De puro desparche, tomé en ese entonces, quizás en 1994, un par de sus clases. El señor se llamaba (veo que murió hace años) Jaime Rubio. Era también profesor de la Javeriana, tal vez formado como arquitecto pero más interesado en la filosofía y en el lenguaje. La clase más concurrida de Rubio era una electiva abierta para toda la facultad de Artes: La Metáfora. A mí me gustaban las metáforas, me hacían sentir poético: “quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos” y esas otras cosas que uno se aprendía en poemarios de dudosa procedencia pensando que alguna vez nos ayudarían a escribir o, al menos, a levantar.
Nunca levanté en mi época universitaria. La explosión de mis levantes solo llegó en Cali, décadas después, y nunca necesité recitar Neruda para levantar. De repente, es por la melancolía de esos levantes ya caídos que sigo en Cali, donde ya no levanto nada, ni siquiera amigos para salir a parchar.

Vivo en un edificio con portería 24 horas, en un piso 22 con una vista magnífica al cerro de las 3 cruces. Puedo ver las cruces día y noche, y las miro a cada rato, como si confirmara que no se han caído o no las han tumbado. Si las tumbaran hoy, cuando es tan emocionante ver caer estatuas, sería probable que Buziraco escapara de aquí, buscando algo distinto para dañar y liberando a Cali de una especie de relación incestuosa con el Diablo pero, también, con la belleza.

Temporal
Juan Mejía
Octubre - Noviembre, 2021

Pensando en escribir este textico sobre los cambuches de Juan me acordé de un profesor de la Universidad Nacional, en los 90, cuando yo estudiaba allá. De puro desparche, tomé en ese entonces, quizás en 1994, un par de sus clases. El señor se llamaba (veo que murió hace años) Jaime Rubio. Era también profesor de la Javeriana, tal vez formado como arquitecto pero más interesado en la filosofía y en el lenguaje. La clase más concurrida de Rubio era una electiva abierta para toda la facultad de Artes: La Metáfora. A mí me gustaban las metáforas, me hacían sentir poético: “quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos” y esas otras cosas que uno se aprendía en poemarios de dudosa procedencia pensando que alguna vez nos ayudarían a escribir o, al menos, a levantar.

Nunca levanté en mi época universitaria. La explosión de mis levantes solo llegó en Cali, décadas después, y nunca necesité recitar Neruda para levantar. De repente, es por la melancolía de esos levantes ya caídos que sigo en Cali, donde ya no levanto nada, ni siquiera amigos para salir a parchar.

Vivo en un edificio con portería 24 horas, en un piso 22 con una vista magnífica al cerro de las 3 cruces. Puedo ver las cruces día y noche, y las miro a cada rato, como si confirmara que no se han caído o no las han tumbado. Si las tumbaran hoy, cuando es tan emocionante ver caer estatuas, sería probable que Buziraco escapara de aquí, buscando algo distinto para dañar y liberando a Cali de una especie de relación incestuosa con el Diablo pero, también, con la belleza. Vivir en un piso 22 acentúa la distancia entre el cuerpo y el suelo, así que, en este encierrito, pienso más en el diablo y en las nubes que en la gente y en los caminos. Por eso, pensar en carpas, tiendas y cambuches, en caminos, camping y desplazamientos me ayuda a aterrizar y me saca del letargo diabólico de este lugar.
Jaime Rubio escribía sobre metáforas, sobre monumentos y sobre memoria. No es un escritor muy recordado, pero yo lo recuerdo con cariño y agradezco sus clases, en las que aprendí muchas cosas sobre el tránsito, el trasteo y el trastoque. En su primera clase, Rubio contaba que había estado en Grecia y que había quedado sorprendido al ver que muchos camioncitos llevaban la palabra μεταφορά (metáfora) escrita. A Rubio le parecía muy poético este gesto hasta que le explicaron que, en griego, “metáfora” significa “trasteo”. Los camioncitos iban por Atenas haciendo mudanzas, ayudando a la gente a cambiarse de una casa a otra. Una metáfora es el trasteo del sentido, nunca asentado definitivamente, siempre desplazado y en proceso de germinación.

En un texto que fotocopié y leí varias veces en esa época, “Espacios pre-posicionales”, Jaime Rubio empezaba contando que la enseñanza del latín, en la cúspide del Imperio Romano, comenzaba por la comprensión de los espacios preposicionales: Ubi (¿dónde estamos?), Quo (¿a dónde vamos?), Unde (¿de dónde venimos?) y Qua (¿por dónde pasamos?). Para Rubio, el lenguaje era un espacio móvil, una serie de trasteos y reubicaciones, un lugar de interpretación siempre abierta y, en ese sentido, una encrucijada constante y, a la vez, la posibilidad de una casa, definida por la reunión de unos cuerpos, recogidos en la noche alrededor de una hoguera. La tensión entre recorridos y asentamientos señala también la naturaleza colonial del signo: vamos de un lado a otro buscando apropiarnos del espacio y del sentido, usurpando lo que nos es ajeno.

Tras muchos años de conservar la fotocopia del texto de Rubio, terminé perdiéndola en algún trasteo repentino (quizás en la terminada con alguna de las dos mujeres con las que conviví en tandas de siete años por aquel lejano entonces) y ahora solo me queda el recuerdo vago de algunas ideas que estoy repitiendo aquí. Perdón, Jaime, por tergiversar algo que era sólido y convincente para convertirlo en el balbuceo de un tipo a quien las bases epistemológicas del mundo le salieron más bien tembleques.

Pero es esa conciencia de lo tembleque, de lo hechizo, de lo transitorio, de lo visajoso, de lo frágil y de lo inseguro la que me da confianza. Son esas preguntas permanentemente no respondidas sobre el dónde putas estamos, sobre el origen indefinidamente perdido por la falta de un comienzo verosímil y sobre la improbabilidad de lo por venir las que me acompañan y me consuelan. Ustedes dirán que cómo, que cómo ir a la topa tolondra por la vida podría ser sosiego y solaz o, al menos, opción para entender un mundo instituido por milenios de fuerzas civilizatorias en perpetuo choque. Y bueno, no hay que decir mucho porque lo estamos viendo: todas las investigaciones, algunas adelantadas desde hace más de medio siglo, nos muestran que esto se fue a la verga: el planeta se calienta, el nivel del agua sube inundando tierras largamente ocupadas por asentamientos humanos, el suelo se vuelve árido, el agua se hace lodo o se evapora o se envenena o está ya llena de plásticos que estarán sumergidos in aeternum haciendo que miles de especies desaparezcan y que otras, invasoras, lleguen a romper el equilibrio de los ecosistemas, etcétera. Ni siquiera faltan ya más estudios porque lo vemos de frente cada vez que, sencillamente, miramos en cualquier dirección. Pero no es la naturaleza —esa cosa que llamamos “naturaleza” para resistirnos a entender que la produjimos nosotros a fuerza de trasteos y ficciones y linajes— la que colapsa, pues lo que se está viniendo a pique, en pique, es eso otro que llamamos “civilización”. El mundo, hoy, es el derrumbe de las costumbres, de los Estados, de las instituciones, de las organizaciones, de los clanes, de las familias, de los poderes, de las certezas, de las ciudades, de las economías, es decir, del lenguaje humano que ha modelado el mundo.

Víctor Albarracín Llanos
Cali, octubre de 2021
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